La Urgencia de dar Fruto

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una imagen de un arbol con mucho fruto rodeado de arboles sin fruto

La vida cristiana no es un museo de estatuas de fe, sino un huerto vivo. Si no hay fruto, debemos preguntarnos seriamente si hay vida fluyendo en nosotros.

En el Reino de Dios, la apariencia nunca es el objetivo final. Podemos pasar años perfeccionando nuestra "estética" religiosa: aprendiendo el lenguaje adecuado, asistiendo a reuniones con puntualidad y manteniendo una conducta moral impecable ante los ojos de la sociedad. Sin embargo, en las enseñanzas de Jesús, existe una distinción radical entre estar "en el jardín" y "ser productivo".

La vida cristiana no es un museo de estatuas de fe, sino un huerto vivo. El fruto, esa manifestación externa de una transformación interna, no es un accesorio opcional para el creyente "aventajado".

El fruto es la evidencia mínima y necesaria de que la vida de Dios está fluyendo a través de una persona. Si no hay fruto, debemos preguntarnos seriamente si hay vida.

El Misterio de la Permanencia

Lea Juan 15:1-17

El corazón de la productividad espiritual no se encuentra en el esfuerzo humano, sino en un concepto que Jesús repite con insistencia en el Evangelio de Juan: permanecer.

Esta es la única "tarea" real del creyente. A menudo cometemos el error de tratar de fabricar el fruto mediante la disciplina legalista o la fuerza de voluntad, pero el fruto no se fabrica, se cultiva.

Cuando observamos una rama unida a una vid, no la vemos esforzarse por producir uvas. La rama simplemente descansa en su unión con el tronco. El fruto es el resultado natural e inevitable de esa conexión. Si la savia fluye de la raíz a la rama, las uvas aparecerán durante su temporada. Por lo tanto, el énfasis bíblico no está en "hacer" más, sino en "estar" más cerca de Cristo.

Esta conexión, sin embargo, no es pasiva. Permanecer implica una dependencia desesperada y continua. Significa que nuestras decisiones, nuestros pensamientos y nuestras reacciones están siendo alimentados por la Palabra de Dios y la comunión con el Espíritu Santo.

Cuando un cristiano se desconecta de la oración o de la meditación en las Escrituras, su vida espiritual comienza a secarse. Puede que las hojas sigan verdes por un tiempo debido a la inercia de la costumbre, pero la capacidad de producir algo nutritivo para los demás desaparece.

El fruto tiene una característica única: nunca es para el beneficio del árbol que lo produce. Una manzana no se alimenta a sí misma, alimenta al hambriento.

De la misma forma el fruto del Espíritu en nosotros (el amor, la paz, la paciencia, etc.) está diseñado para bendecir a quienes nos rodean.

Cuando permanecemos en la Vid, nuestra vida se convierte en un banquete para un mundo sediento de esperanza. Si nos enfocamos únicamente en nuestra propia espiritualidad sin que esta se traduzca en amor tangible hacia el prójimo, hemos interrumpido el flujo de la savia divina.

Para saber si estamos permaneciendo correctamente, no debemos mirar nuestras obras externas, sino la naturaleza de nuestras reacciones y motivaciones. Por eso es que Juan 15:17 termina Jesús explicando "este es mi mandato: ámense unos a otros."

El fruto siempre revela la raíz. A veces, una rama parece saludable por fuera, pero tiene obstrucciones internas que impiden que el fruto madure.

Si al evaluar tus raices y fruto notas problemas, la solución no es castigarte, sino confesar la autosuficiencia. Admitir que hemos intentado vivir "separados de la Vid" es el primer paso para que el Viñedador limpie la rama y la raíz.

Recuerda: Dios no está buscando ramas perfectas, está buscando ramas unidas. Una rama pequeña y débil, si está bien injertada, producirá mejores uvas que una rama grande que está a punto de romperse del tronco.



imágen del pastor samuel

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Sobre el Autor
Pastor de jóvenes junto a su esposa. Amador de Dios y la palabra no adulterada. Es veterano del Army de los EU y es activamente un policia.