Me animo a escribir este artículo pensando y meditando cuanto el pueblo de Jesucristo se ha olvidado la santidad, en cuan poco se predica de este tema en un tiempo como este, donde tanta falta nos hace volver a la santidad de Dios.
Con los años la santidad la han hecho algo muy difícil de lograr o muy rígido de cumplir. Muchos la han materializado diciendo que: “esto así es santidad” o “así se mira la santidad” y están muy lejos de la realidad de la misma palabra.
Quiero comenzar en decirte que sí es posible vivir vidas santas delante de Dios en este mundo donde estamos y esto comienza en una nueva vida, no con la muerte, como mucho creen.
Llamamiento a una vida santa
1 Pedro 1:13-16 - "Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo."
Cuando yo digo que soy “santa” o quiero vivir una vida en santidad, es que me aparto de todo lo que contamina mi vida, separo o aparto algo para Dios. (ej. Mis vestidos y calzado de danza).
Santidad es el atributo que diferencia a Dios de todos los otros seres creados. Se refiere a su majestad y su perfecta pureza moral. No existe absolutamente ningún pecado o pensamiento malvado en Dios.
Lo que cita aquí Pedro lo miramos en Levítico 11, cuando Dios está dando instrucciones sobre lo que es puro (limpio) a lo que es inmundo.
Lo que cita aquí Pedro lo miramos en Levítico 11:44, cuando Dios está dando instrucciones sobre lo que es puro (limpio) a lo que es inmundo.
Puede que de forma absoluta no terminemos de comprender la grandeza de la santidad de Dios, pero si nos podemos acercar mediante la revelación que nos da el Espíritu Santo, quien es también la santidad de Dios.
En Éxodo 15:11, Moisés hace una pregunta: ¿Quién como Tú, Oh Jehová, ¿entre los dioses? ¿Quién como Tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?"
Esta santidad adopta todos los diferentes atributos de cada persona de la Trinidad; el Padre, el Hijo y en especial el Espíritu Santo, quien es el que nos proporciona un conocimiento íntimo de un Dios Santo.

1 Corintios 2:10 dice “...porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.”
El término santidad es aplicado a Dios en 2 sentidos. Primero, Dios está separado, existiendo sobre todo lo creado. Aun así, es Dios quien nos llama a una pureza ética.
En segundo lugar, ciertas cosas son consideradas santas debido a su conexión con Dios, ej. La tierra, el Shabbat, lugar, vestimentas, artículos del tabernáculo.
La santidad de Dios impregna todo lo que Él toca, en especial a nosotros.
Los encuentros del ser humano con la santidad de Dios en los tiempos pasados bíblicos, muchos fueron aterradores. Como el del monte Sinaí, mas éste fue santificado, Éxodo 19.
Aproximarse a la santidad de Dios requiere de reverencia y de una obediencia absoluta a Sus órdenes. Cuando consideramos la santidad de Dios pudiera parecer imposible a criaturas, dizque “imperfectas” (pero, en Jesús, somos perfectos).
Dios sabía lo que estaba creando y quería que cada uno de nosotros recibiera santidad.
Todo esto lo logramos por medio de Jesucristo. Toda persona que se arrepiente de sus pecados y deposita una fe verdadera en Cristo Jesús, es santificada y, por lo tanto, es santa.
Necesitamos al Espíritu Santo de Dios activo, obrando a diario en nosotros para poder ser santos, como Dios es santo. (2 Corintios 7:1)
Debemos permitir la corrección en nuestras vidas, la disciplina nos ayuda a vivir vidas santas. (Hebreos 12:10-14)
Al ser disciplinados nos hace partícipes de la santidad. (2 Timoteo 3:16-17)

Cuando recibimos la justicia de Cristo, ésta es santificada por Dios. Es por eso, por lo que los cristianos son llamados “santos”.
El cristiano es justo y, por lo tanto, santo ante los ojos de Dios, pero ya que no ha sido glorificado todavía, al mismo tiempo es también un pecador en necesidad continua de arrepentimiento y perdón. Jesucristo vivió una vida perfecta y cumplió toda la ley y cuando deposito toda mi fe en Él, no solamente mis pecados son puestos sobre Él, sino que su justicia es puesta sobre mí. De esa manera soy declarado justo y santo ante Dios.
Todo se logra en la nueva vida, en el espíritu, por el Espíritu Santo. Mientras estamos en este cuerpo terrenal, seguiremos batallando con el pecado.
Debemos esforzarnos en la gracia, por el poder del Espíritu, para vivir una vida santa ante Dios. En la teología esto se le llama “santificación progresiva”. En 1 Pedro 1:15-16 se refiere a esto, la meditación de la Palabra, la oración, el ayuno, reunión con los santos (el congregarse), participar de los mandamientos, para así transformarnos a la imagen de su Hijo; por esto muchos llamados en la biblia a la santificación. Más nosotros confiando en el poder del Espíritu y la gracia de Dios lo lograremos.
Debemos creer en este poder transformador del Espíritu, vivir una vida llena del Espíritu Santo, despojarnos del viejo hombre (Efesios 4:22), vestirnos y tomar la armadura del Espíritu (Efesios 5:11) y así vencer todo aquello que nos separa de Dios.
La santificación no es pasiva, no es para flojos; es para aquellos que en el poder del Espíritu y confiando en la gracia, se consideran muertos al pecado y luchan con él con todas sus fuerzas.
La santidad va más allá de la vestimenta natural, el cabello o la intención de ser bueno… si no también odiar el pecado. Cuando el bautismo del Espíritu Santo y fuego viene sobre nuestra vida, desarrolla en nosotros una indignación santa contra el poder del pecado y comenzamos a aborrecer todo camino de maldad. Aborrecer todo lo que le aborrece a Dios.
Si tú no odias tu pecado, no vas a librarte de él.
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